miércoles, 1 de noviembre de 2017

El valle del miedo

¡Hola! 
Llevaba ya un tiempo proponiéndome escribir un relato de terror por estas fechas. Pretendía subirlo el mismo día 31, pero entre unas cosas y otras me fue imposible. En cualquier caso, aquí lo tenéis por fin, aunque sea algo tarde. 
Espero que disfrutéis al leerlo tanto o más que yo al escribirlo. 
Un abrazo, 
Irene 

                                                                                                                                                            

EL VALLE DEL MIEDO

Tras las montañas de Escocia se halla oculto un pueblo cuyo nombre no se pronuncia. Está mal comunicado con el exterior y su población es escasa, pero no es esto lo que infunde tanto temor, sino la leyenda que se cierne sobre él como la niebla que siempre lo cubre; la misma historia que Noah Moore, periodista en ciernes, se disponía a registrar y cuya veracidad planeaba someter a su escéptico juicio. No se le escapaba que el verdadero motivo por el que su jefe le había autorizado a hacer aquel viaje había sido librarse de él, pero albergaba la esperanza de que aquel artículo le valiera al fin la columna que tanto ansiaba, incluso aunque esta resultara ser solo mensual.
El trayecto desde Londres no había estado exento de imprevistos y accidentes que una persona más supersticiosa hubiera interpretado como malos augurios. Pero no así Noah, que era un acérrimo creyente de que no había suceso que no tuviera una explicación racional. Por ello, los contratiempos no le impidieron fantasear con la idea de que aquel viaje sería decisivo para impulsar su carrera.
Su ánimo comenzó a decaer al llegar a Edimburgo, donde se vio obligado a ir saltando de un autobús o un tren a otro, siéndole cada vez más difícil encontrar aquellos que le condujeran a su destino. El itinerario de viaje que le habían facilitado desde la revista no le sirvió para nada llegado a aquel punto. En algunas ocasiones había asistido desesperado a gestos de confusión e incluso de incredulidad cuando preguntaba por el pueblo al que se dirigía.
Logró recobrar el aliento cuando al fin consiguió dar con un hombre que viajaba en la misma dirección. En tal situación se veía que aceptó sin dudar subirse a la furgoneta de este, a pesar de que su carácter y su aspecto incitaban a lo contrario. Transcurrió el resto del viaje sin que ninguno de los dos intercambiara apenas palabras. Si el hombre se sorprendió de que un muchacho tan joven se interesara por aquel pueblo dejado de la mano de Dios, no dio muestras de ello. Noah ni siquiera llegó a saber su nombre. El viaje a través de las montañas era tortuoso, las carreteras eran estrechas y apenas recibían mantenimiento. El periodista sintió un gran alivio cuando al fin vislumbró en la distancia el pueblo.
Estaba situado en un valle entre montañas, y sobre la espesa niebla se alzaban mínimamente los tejados de las viviendas. Era un pueblo de ganadería y labranza que en absoluto ofrecía el aspecto que sugería su leyenda negra. Unas fuertes lluvias habían bloqueado el acceso por carretera, de modo que Noah se vio obligado a apearse del vehículo y continuar a pie. Al despedirse del hombre de la furgoneta, le pareció que en su mirada se traslucía una cierta compasión, pero no le dio importancia y continuó su camino.
Llegó al hostal cubierto de barro hasta las rodillas, y agradeció profundamente el consuelo de un baño y comida calientes. Aquel fue el único descanso que se permitió. Quiso comenzar cuanto antes con su investigación, y se lanzó a las calles libreta en mano con la intención de encontrar lugareños a los que entrevistar. Sin embargo, pronto descubrió que en aquel pueblo los forasteros no eran bien recibidos, mucho menos aquellos que aparecían haciendo preguntas que a todas luces les resultaban incómodas. Ya comenzaba a desanimarse de nuevo y se planteaba regresar al hostal, cuando se topó con una anciana que a media voz le instó a entrar en su casa.
Era la primera persona que encontraba tan receptiva aquel día, y se dijo que no tenía nada que perder. La mujer era ciega, pero se desenvolvía con sorprendente soltura. Las paredes de su casa estaban cubiertas por estanterías cuyos anaqueles se hallaban abarrotados de objetos extraños y botes con plantas de cuyos nombres Noah jamás había oído hablar.
La anciana comenzó a hablar sin darle tiempo a formular sus preguntas, y el joven la escuchó por mera educación, un tanto decepcionado por que solo pretendiera relatarle la historia que él ya sabía. No obstante, al final regresó al hostal con buen sabor de boca, pues había añadido nuevos detalles que desconocía a la leyenda.
La noche llegó, y con ella, la promesa de un merecido descanso que Noah no pudo disfrutar. El edificio era viejo, y continuamente llegaban a sus oídos el crujir de la vieja madera y el quejido de las tuberías. Además, alguien debía haber montado una reunión en el piso de abajo, porque no oía más que voces procedentes del mismo. Al final no pudo aguantarlo más y decidió bajar a protestar por el ruido, pero cuando llegó al pie de las escaleras se quedó petrificado. La estancia estaba completamente vacía y en silencio, iluminada únicamente por la fantasmagórica luz que las farolas proyectaban entre la niebla. Lo achacó a un producto de su mente medio dormida y regresó a la cama, autoconvenciéndose de que lo había soñado.
El día siguiente no fue mejor. Los habitantes del pueblo seguían sin querer hablar con él, lo que terminó de decidirle a llevar a cabo lo que había estado pensando el día anterior. Regresó al hostal, se echó la cámara al cuello y, tras varios intentos frustrados, finalmente encontró el lago. Era más grande de lo que se había imaginado, y al contemplar sus tranquilas aguas no pudo evitar que las palabras de la anciana resonaran en su cabeza. La niebla se disipaba a orillas del lago, como si temiera tocar su superficie. No le costó mucho encontrar la horca. Estaba semihundida y apenas era ya un triste palo que ascendía sobre las aguas, pero no le cupo duda.
Colocó el ojo en el visor de su Canon y disparó. Pasó gran parte de la mañana dando vueltas por el lago y sacando fotos. Aunque la niebla confería al paisaje una cierta aura de misterio, lo encontró mucho más corriente de lo que se esperaba. Siguió inspeccionando cada rincón del lugar, y solo se detuvo para comerse un bocadillo. Regresó al hostal cuando el sol ya casi se había ocultado, sintiendo dolorida cada parte de su cuerpo a causa del cansancio.
Subió directamente a su habitación, sin cenar, y se tiró sobre la cama cámara en mano, dispuesto a revisar todas las fotos que había realizado en busca de alguna que pudiera resultarle de utilidad para su artículo. No tenía ni idea de por dónde empezar y la desagradable sensación de que estaba dando palos de ciego no le abandonaba. Las observó al detalle, ampliándolas todo lo posible en un intento desesperado por encontrar algo que le permitiera salvar aquel bloqueo. Fue en una de esas ocasiones cuando vio la sombra. Era una silueta recortada contra la niebla. Repasó todas las fotos y la halló en otras muchas, hasta que finalmente encontró una en la que sus rasgos parecían más distinguibles. Puso el zoom al máximo y entrecerró los ojos. Parecía un hombre de edad avanzada y estaba mirando directamente hacia él. Un escalofrío le recorrió la columna de parte a parte.
Estaba tan concentrado en aquella tarea que por poco se cayó de la cama cuando un grito desgarrador perturbó la tranquilidad de la noche. Con el corazón latiéndole tan fuerte que parecía a punto de salírsele por la boca, apoyó la oreja contra la pared. En la habitación de al lado había una fuerte discusión, y una mujer suplicaba y lloraba. Sin detenerse a pensar en lo que hacía, salió corriendo al pasillo, gritando que llamaran a la policía. Cuando logró abrir la puerta de un empujón, los gritos cesaron de golpe. Tardó unos segundos en darse cuenta de que la habitación estaba completamente vacía. Es más, los muebles y el suelo estaban cubiertos por una fina capa de polvo, dejando latente que hacía tiempo que nadie entraba allí. Sobre la puerta había una placa en la que se hallaba inscrito un nombre que le resultó terriblemente conocido: Anne Marie.
Nadie había acudido a su llamada, y dado que la propietaria vivía en la casa de al lado, dedujo que estaba solo en el hostal. Aquello, lejos de tranquilizarlo, le sumió en un estado de alerta que le impidió conciliar el sueño.
Cuando los primeros rayos del sol clarearon el cielo, se levantó y abandonó el edificio, sin desayunar. Fue a buscar a la anciana, pero no parecía estar en casa, y si lo estaba, no quiso abrirle. Lo siguiente en lo que pensó fue en el hombre de las fotos. Se dirigió hacia el lago, decidido a encontrarlo, a no dejarle marchar hasta que hubiera contestado a todas sus preguntas.
Lo halló sentado en la orilla del lago, como si hubiera estado esperándolo desde el día anterior. Todos sus sentidos estaban en alerta, y una voz interior le repetía una y otra vez que debía abandonar el pueblo. Pero hizo caso omiso y se sentó a su lado, en silencio. No pensaba irse con las manos vacías, no iba a presentarse ante su jefe derrotado, siendo el fracasado que todos le habían considerado siempre. Por eso hizo acopio de valor y atosigó con un sinfín de preguntas a aquel hombre. Este le desveló un nuevo secreto, un nuevo detalle que alimentaba la leyenda del pueblo. Durante el día, aquel lago no parecía distinto de cualquier otro. Sin embargo, por la noche, la luz de la luna no se reflejaba en su superficie. Se decía que el antiguo pueblo aún continuaba en el fondo, y que este era el motivo por el que ni el astro nocturno ni la niebla osaban acercarse al lago. Tampoco lo hacía nadie de la zona. Noah le dio las gracias y regresó al hostal.
Por el camino, tomó una decisión. Tenía que regresar a Londres. Agacharía la cabeza y aguantaría el chaparrón de la vergüenza. Ya surgiría una nueva oportunidad, ya habría otros artículos que impulsaran su carrera. Pero si permanecía un día más en aquel lugar, estaba seguro de que perdería el juicio. Conforme iba avanzando por las calles, la niebla se volvía más y más espesa, hasta tal punto que ya no era capaz de verse las manos si estiraba los brazos. Vagó sin rumbo, confiando en encontrarse con alguien o llegar al hostal pronto.
Entonces, una luz llamó su atención. Le pareció que procedía de una muchacha pelirroja que sujetaba una linterna, y esperanzado por aquella visión echó a correr hacia ella. La joven no se volvió ni al oír sus gritos. Cuando quiso darse cuenta, estaba de vuelta en el lago y ya era noche cerrada. Una noche de luna llena cuya luz no se reflejaba en el agua. La superficie del lago parecía un agujero negro hacia el que la chica se dirigía con paso lento pero firme. Cuando ya tenía medio cuerpo sumergido, Noah reaccionó.
Corrió hacia ella, pero cuando llegó a su lado solo abrazó el aire. La visión había desaparecido, y él estaba dentro de aquel lago de oscuridad.
Sintió un fuerte tirón de la pierna que lo hundió. Braceó desesperado, incapaz de ver qué era lo que lo retenía, hasta que consiguió asomar la cabeza y coger aire. Pataleó hasta liberarse y, entonces, vio la linterna de la muchacha flotando a la deriva. La agarró y volvió a sumergirse, buscando frenéticamente a la joven que, estaba seguro de ello, luchaba por su vida en algún lugar del lago. Buceó hasta que ya casi no le quedó aire en los pulmones. La luz no le permitía ver más allá de unos centímetros, pero en cierto momento le pareció distinguir la silueta de una iglesia. Se disponía a ascender para recobrar el aliento cuando de pronto volvió a sentir un agarre en la pierna. Dirigió hacia allí la linterna, revelando una mano fina, delicada y blanca como la leche.
La muchacha, completamente desnuda, le observaba con una sonrisa siniestra en los labios. Soltó una exclamación y sintió cómo el peso del agua aplastaba sus pulmones mientras se hundía irremediablemente en las profundidades del lago, para nunca regresar.

                                                                                                                                                            
Hace muchos, muchos años, había un pueblo perdido tras las montañas de Escocia. Sus habitantes eran conocidos por su fanatismo religioso, y en nombre de Dios habían cometido atrocidades innombrables. Nació en aquel pueblo una joven pelirroja a quien sus padres pusieron el nombre de Anne Marie en honor a su difunta abuela, una curandera a quien habían acusado de brujería tiempo atrás. Durante años trataron de esconder el color de su pelo y vivieron en paz quince años antes de que alguien descubriera su secreto. La palabra «bruja» no tardó en salir a colación. Instigados por el párroco de la iglesia, los habitantes asaltaron la casa de la familia en plena noche. Cuando sus padres trataron de protegerla, los mataron frente a sus ojos. Enloquecida por el dolor, se lanzó a atacar con uñas y dientes a los asesinos, pero todo fue en vano. La joven pelirroja fue condenada a la horca, maldiciendo al pueblo entero antes de morir.
Unas noches después del trágico suceso, comenzó a llover, tanto que los ríos que nutrían el lago se desbordaron y la presa cedió en mitad de la noche. Con gran fiereza, el agua arrastró consigo todo cuanto halló a su paso hasta el fondo del lago. Sin embargo, la sed de venganza de Anne Marie no quedó saciada.
Años después, se construyó un nuevo pueblo sobre las ruinas de aquel. Varias personas desaparecieron en misteriosas condiciones, sin que jamás se volviera a saber de ellas. Por eso, cada vez fue menor el número de gente que acudía a visitar la horca de Anne Marie, y así, el negocio del que vivía el pueblo se arruinó.


Nunca pudieron averiguar qué había sido de Noah Moore, cuyos restos yacerán en el fondo del lago para siempre. 

miércoles, 13 de septiembre de 2017

El genio dormido

Este es un relato que escribí para el reto Citaura del blog InkTies (https://inkties.wordpress.com/category/retocitaura/), una propuesta que me resultó muy interesante, enriquecedora y, sobre todo, ¡divertida! 
Este es el primero de tres relatos que escribí para dicho reto, los dos restantes los iré subiendo las próximas semanas. Por el momento, espero que disfrutéis al leerlo tanto o más que yo al escribirlo 😄.
Un abrazo,
Irene

P.D: La cita que lo inspiró es la siguiente:


«La escritura es un acto de autohipnosis.»
(Las cuatro después de medianoche, S.King)
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EL GENIO DORMIDO




“La escritura es un acto de autohipnósis.” Por esa razón, tras meses de frustrados intentos de componer una novela, Roger decidió hipnotizarse a sí mismo. Probó a hacerlo durante una hora, y el experimento tuvo tanto éxito que a esta le siguieron muchas más, hasta que la autohipnósis terminó por convertirse en un acto inevitable. Pasaron los meses y las palabras continuaban fluyendo de él como un torrente imparable. Roger apenas comía ni dormía, ya solo vivía para escribir. Con el paso del tiempo aquel ritmo de vida comenzó a hacer mella en su salud, y llegó el fatídico día en que su médico le dijo que debía parar o le costaría la vida.

Para entonces, Roger ya había publicado tres novelas que le habían otorgado renombrada fama. Tras mucho cavilar llegó a la conclusión de que con lo que ya tenía se daba por satisfecho, amén de que renunciar a la autohipnósis no significaba renunciar a escribir por completo. De manera que aquel día se fue a dormir sin poner en marcha su acostumbrado ritual. Sin embargo, cuando despertó sintiéndose terriblemente cansado y descubrió un taco de folios manuscritos sobre su escritorio comprendió que el genio que había creado no estaba dispuesto a conformarse. Por más que Roger lo intentara impedir, el genio dormido regresaba cada noche para continuar su tarea. Así llegó un momento en que Roger ya no podía dormir. Decidió hacer del insomnio su aliado y se sentó frente al escritorio, pluma en mano, dispuesto a escribir de forma consciente por primera vez en mucho tiempo. Pensó que si demostraba al genio que ya no le necesitaba, este desaparecería. No podía estar más errado. Descubrió con horror que su genio dormido había aflorado en su mente como una nueva personalidad, y consideró aquel intento fútil de deshacerse de él como un reto.


Aquella noche hubo una frenética lucha que solo tuvo lugar en el papel. La tinta corría a raudales y las palabras tornaban su fiereza cada vez que Roger perdía la capacidad de controlar el movimiento de su propia mano. Era como si la personalidad que él mismo había creado se hubiera cansado de estar relegada a la inconsciencia y tratara de hacerse con el control absoluto de su cuerpo. El agotamiento comenzó a hacer caer de su frente gotas de sudor que emborronaban la tinta y a desbocar su corazón de una forma dolorosa, como su quisiera hacer estallar el esternón y liberarse así de su cárcel de hueso. Pero su mano seguía escribiendo, aun cuando la notaba adormecida y la pluma parecía colgar lánguida entre sus dedos. Finalmente, desfalleció. Una sonrisa siniestra se dibujó entonces en los labios de Roger: El genio había ganado.

Irene, 2017

miércoles, 3 de mayo de 2017

Quiero

Quiero que me vistas de amaneceres y de desayunos en la cama, de palabras sinceras y verdades abrasadoras. Que me arropes con tus brazos y me digas que todo saldrá bien; que aunque este mundo se hunda, nosotros no hemos olvidado cómo alzar el vuelo.


Quiero que sepas que si el día es frío, yo seré tu fuego; y en los días oscuros un faro te encenderé con la estrella que una vez robamos al cielo. 

Irene, 2017.

viernes, 27 de enero de 2017

Un tesoro de cristal

Lo voy a confesar: yo soy una de esas personas que llora y ríe con los libros, soy una persona que vive con los libros. Y no podría sentirme más orgullosa de esa parte de mí, por ridícula que pueda parecer a otras personas. Esa parte de mí es un tesoro de cristal en mi interior, frágil y bello.

Adoro sumergirme en los libros, amo el tacto de sus páginas bajo mis dedos, el cómo a veces pueden apreciarse las débiles hendiduras de la tinta. Su olor, el olor de los libros nuevos, que es una promesa, y el de los libros viejos, que cuenta una historia por sí solo.

Y, aunque quienes aparezcan en esas páginas no sean reales, para mí viven y respiran en ellas. Adoro la ficción porque en ella encuentro mucha más realidad que en cualquier otra parte. En los libros la naturaleza humana, las emociones y los sentimientos se hallan al descubierto, esperando que algún lector piadoso las examine y se maraville con todo lo que pueden llegar a contener, y a cambio ellos le entregan otros muchos nuevos sentimientos. Tengo una forma de ver la vida que me han dado los libros que he leído, y no me arrepiento ni me avergüenzo de ello.

Y lo confieso, soy una persona que llora y ríe con los libros, que vive con ellos. Porque cuando no sé lo que hacer, imagino que soy el personaje de un libro, y trato de discernir cómo actuaría. Algo que, aún pareciendo increíble, puede resultar un auténtico faro en la tormenta. 
Y por eso y mucho más, lo confieso; soy una persona que adora su pequeño tesoro de cristal. 

Irene, 2017.

viernes, 11 de marzo de 2016

A ti

A ti, que miraste a mis defectos y dijiste que eran perfectos, que me abrazaste en lo más crudo del invierno. A ti, que me devolviste la sonrisa cuando sólo quería llorar y disipaste la niebla de mi mente. A ti, por ser quien eres, te regalo mis mejores días, mi sonrisa más cálida y mi beso más sincero.


Irene, 2016.

lunes, 21 de diciembre de 2015

La dama del arpa

Cuenta la leyenda que en un punto perdido en la inmensidad de un océano se asienta un pequeño islote. Visto desde la superficie, no parece tener nada extraordinario, tan solo es una roca desnuda que se alza ligeramente sobre las aguas.
Sin embargo, lo que le hace especial se encuentra bajo esta fachada, oculto en diversas grutas que serpentean en el interior de la rocosa torre que ancla el islote al lecho marino. Eran los Nymurièn, una antigua tribu cuya vida se desarrollaba durante la noche de forma sumergida. Su sociedad nunca se había visto contaminada por el mundo exterior, y quizá ello explique la utópica organización por la que se regían. Mas no todo era alegría en su micromundo. Tenían los Nymurièn unos enemigos ancestrales que habitaban en el fondo del océano, en una cueva excavada en los cimientos del islote. Los Varrun eran criaturas monstruosas que cada noche salían a cazar, siendo su alimento predilecto los Nymurièn.
Es aquí donde aparece en escena el ser a quien se debe esta leyenda. Su origen es incierto: en algunas de las historias, los marineros la describen como una nereida que sentía una gran simpatía por los habitantes del islote; en otras, es una de los propios Nymurièn que decidió sacrificarse por los suyos y salir a la superficie.
En lo que sí coinciden todas las historias es en la descripción de su maravillosa arpa. Estaba completamente hecha de oro, incluso las cuerdas era finas hebras doradas que despedían brillos de fuego al chocar en ellas los últimos rayos del sol. Cada noche, la dama se sentaba con su arpa y tocaba una melodía que ponía fin a las pesadillas de los Nymurièn. Su interpretación sumía a los Varrun en un profundo sueño gracias al cual nuestros míticos personajes podían moverse libremente sin temor a que la muerte cayera sobre ellos por sorpresa.
Así, cada noche desde que apareció la dama del arpa, los Nymurièn vivían tranquilos mientras los Varrun se hallaban inmersos en un profundo sueño que se veía alimentado por la música. Aquella paz duró algunos años, hasta el día del terremoto.
No fue una gran sacudida, los Nymurièn apenas lo notaron, pero sí fue suficiente para despertar a los Varrun de su letargo. La primera en darse cuenta fue la dama del arpa, que comenzó a tocar con más fuerza, y su melodía se volvió más agresiva. A los isleños les extrañó este cambio, pero no fueron conscientes del pulso que se había iniciado entre los monstruos y la dama hasta que amaneció y el arpa siguió sonando. Mientras la música continuara, los Varrun no despertarían por completo y los Nymurièn estarían a salvo.
Sin embargo, esta tarea requería un gran esfuerzo para la dama, que no podía dejar de tocar en ningún momento. Aunque las cuerdas levantaron la piel de sus dedos y sus manos acabaron teñidas de carmín, no cesó de acariciarlas en cinco días, sabedora de que el peso de la vida de los Nymurièn reposaba sobre sus hombros. Al sexto día, la fuerza de su interpretación se aminoró.
La consecuencia fue que los Nymurièn percibieron un movimiento en la cueva de los Varrun y, por primera vez en años, tuvieron que tomar las armas. Como es natural, no sabían utilizarlas. Nunca habían tenido necesidad de recurrir a ellas y solo quedaban unos pocos ancianos que recordaran los enfrentamientos con sus ancestrales enemigos. Esto supuso una desventaja para ellos a la hora de hacer frente a los Varrun que salieron de su guarida. Los años de hambre acumulada habían provocado en los monstruos una sed de sangre irrefrenable que les hacía atacar con una ferocidad desconocida. Por suerte, las entradas de las cuevas de los Nymurièn eran demasiado estrechas para que los Varrun pudieran pasar por ellas y pudieron refugiarse.
La dama estaba exhausta, pero no dejó de interpretar la melodía. Conforme avanzaban las horas, el número de notas discordantes aumentaba, seguido de una rápida rectificación de la intérprete y acarreando un asedio más agresivo para los habitantes encerrados en el interior del islote. El confinamiento comenzaba a hacer mella en su espíritu, tan acostumbrado a llevar una vida sosegada. Además, cada vez estaban más preocupados por la salud de la dama, quien se había convertido en una personalidad muy querida para ellos, hasta tal punto que algunos la adoraban y veneraban como diosa.
La noche del octavo día, la música paró.
Aquel silencio era nuevo para los Nymurièn, quienes se vieron dominados por el pánico. Más que el temor a los Varrun, lo que les sucedía era que se sentían incompletos sin aquella melodía en el ambiente. Tanto era así que, inconscientemente, unos pocos comenzaron a tararearla.
Mientras, la dama lloraba en la superficie del islote, creyendo que sus preciados amigos estaban siendo exterminados. Aunque no conociera el rostro de ninguno de ellos, el tiempo había creado un fuerte vínculo que los unía de manera inquebrantable. Lavó sus manos en el agua del océano y la sal escoció en sus heridas. El olor de la sangre fue un reclamo para los Varrun, tal y como ella pretendía. Había jurado dedicar su vida a proteger a los Nymurièn y, al no poder continuar tocando su arpa, pensó que al menos intentaría apartar a tantos monstruos de ellos como pudiera, aunque aquel acto le costara la vida.  Se sentó a esperar la muerte, y ya percibía cómo los Varrun se aproximaban cuando sucedió algo insólito.
Un coro de voces claras ascendió desde las profundidades interpretando la melodía del arpa. Los Nymurièn la habían escuchado durante tanto tiempo que eran capaces de reproducirla a la perfección. Al empezar a tararearla movidos por el pánico se habían percatado de que tenía efecto en los Varrun, que agitaban la cabeza en evidente señal de molestia y comenzaban a nadar aturdidos. Ver cómo ascendían a la caza de su dama fue todo lo que los habitantes del islote necesitaron para reaccionar.
Así fue como los Nymurièn vencieron a los Varrun y salvaron a la dama del arpa, cuyas manos sanaron con la asombrosa rapidez de los seres sobrenaturales y recluyó de nuevo a las temibles criaturas.

Cuenta la leyenda que de noche en alta mar, si se agudiza lo suficiente el oído, puede escucharse la melodía de un arpa acompañada de un coro de voces claras. 



Irene, 2015.

sábado, 10 de octubre de 2015

Reflectante


Me tiende una mano somnolienta que mis oscuros ojos no alcanzan a ver. En medio de la penumbra de mi alma su figura es vaporosa, onírica, lejana. 

"¿Quién eres?", pregunto. 

Nadie me responde, pues nadie hay. 

La figura parece flotar, como los pétalos que se desprenden perezosamente de las copas de los árboles. No alcanza mi vista a escrutar su rostro, hasta el punto de que casi se me antoja que no posee uno. Si es un hombre o una mujer tampoco puedo distinguirlo. Pero sus manos, extendidas como ramas, no cesan su invitación. 
"¡¿Quién eres?!" grito. 

Sólo el silencio me responde.

Echo a correr hacia la figura, ignorando las punzadas de dolor que aguijonean mi cuerpo agarrotado. Cuanto más cerca estoy más distante se me figura esa aparición fantasmagórica. Su mano trémula continúa, no obstante, extendida hacia mí. Apenas llego a rozar las yemas de sus dedos...
Despierto. 
Sólo ha sido mi reflejo en el espejo. 
Mi reflejo y nada más.


Anne Stokes©
Irene, 2015.
Transparent Teal Star