miércoles, 13 de septiembre de 2017

El genio dormido

Este es un relato que escribí para el reto Citaura del blog InkTies (https://inkties.wordpress.com/category/retocitaura/), una propuesta que me resultó muy interesante, enriquecedora y, sobre todo, ¡divertida! 
Este es el primero de tres relatos que escribí para dicho reto, los dos restantes los iré subiendo las próximas semanas. Por el momento, espero que disfrutéis al leerlo tanto o más que yo al escribirlo 😄.
Un abrazo,
Irene

P.D: La cita que lo inspiró es la siguiente:


«La escritura es un acto de autohipnosis.»
(Las cuatro después de medianoche, S.King)
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EL GENIO DORMIDO




“La escritura es un acto de autohipnósis.” Por esa razón, tras meses de frustrados intentos de componer una novela, Roger decidió hipnotizarse a sí mismo. Probó a hacerlo durante una hora, y el experimento tuvo tanto éxito que a esta le siguieron muchas más, hasta que la autohipnósis terminó por convertirse en un acto inevitable. Pasaron los meses y las palabras continuaban fluyendo de él como un torrente imparable. Roger apenas comía ni dormía, ya solo vivía para escribir. Con el paso del tiempo aquel ritmo de vida comenzó a hacer mella en su salud, y llegó el fatídico día en que su médico le dijo que debía parar o le costaría la vida.

Para entonces, Roger ya había publicado tres novelas que le habían otorgado renombrada fama. Tras mucho cavilar llegó a la conclusión de que con lo que ya tenía se daba por satisfecho, amén de que renunciar a la autohipnósis no significaba renunciar a escribir por completo. De manera que aquel día se fue a dormir sin poner en marcha su acostumbrado ritual. Sin embargo, cuando despertó sintiéndose terriblemente cansado y descubrió un taco de folios manuscritos sobre su escritorio comprendió que el genio que había creado no estaba dispuesto a conformarse. Por más que Roger lo intentara impedir, el genio dormido regresaba cada noche para continuar su tarea. Así llegó un momento en que Roger ya no podía dormir. Decidió hacer del insomnio su aliado y se sentó frente al escritorio, pluma en mano, dispuesto a escribir de forma consciente por primera vez en mucho tiempo. Pensó que si demostraba al genio que ya no le necesitaba, este desaparecería. No podía estar más errado. Descubrió con horror que su genio dormido había aflorado en su mente como una nueva personalidad, y consideró aquel intento fútil de deshacerse de él como un reto.


Aquella noche hubo una frenética lucha que solo tuvo lugar en el papel. La tinta corría a raudales y las palabras tornaban su fiereza cada vez que Roger perdía la capacidad de controlar el movimiento de su propia mano. Era como si la personalidad que él mismo había creado se hubiera cansado de estar relegada a la inconsciencia y tratara de hacerse con el control absoluto de su cuerpo. El agotamiento comenzó a hacer caer de su frente gotas de sudor que emborronaban la tinta y a desbocar su corazón de una forma dolorosa, como su quisiera hacer estallar el esternón y liberarse así de su cárcel de hueso. Pero su mano seguía escribiendo, aun cuando la notaba adormecida y la pluma parecía colgar lánguida entre sus dedos. Finalmente, desfalleció. Una sonrisa siniestra se dibujó entonces en los labios de Roger: El genio había ganado.

Irene, 2017

miércoles, 3 de mayo de 2017

Quiero

Quiero que me vistas de amaneceres y de desayunos en la cama, de palabras sinceras y verdades abrasadoras. Que me arropes con tus brazos y me digas que todo saldrá bien; que aunque este mundo se hunda, nosotros no hemos olvidado cómo alzar el vuelo.


Quiero que sepas que si el día es frío, yo seré tu fuego; y en los días oscuros un faro te encenderé con la estrella que una vez robamos al cielo. 

Irene, 2017.

viernes, 27 de enero de 2017

Un tesoro de cristal

Lo voy a confesar: yo soy una de esas personas que llora y ríe con los libros, soy una persona que vive con los libros. Y no podría sentirme más orgullosa de esa parte de mí, por ridícula que pueda parecer a otras personas. Esa parte de mí es un tesoro de cristal en mi interior, frágil y bello.

Adoro sumergirme en los libros, amo el tacto de sus páginas bajo mis dedos, el cómo a veces pueden apreciarse las débiles hendiduras de la tinta. Su olor, el olor de los libros nuevos, que es una promesa, y el de los libros viejos, que cuenta una historia por sí solo.

Y, aunque quienes aparezcan en esas páginas no sean reales, para mí viven y respiran en ellas. Adoro la ficción porque en ella encuentro mucha más realidad que en cualquier otra parte. En los libros la naturaleza humana, las emociones y los sentimientos se hallan al descubierto, esperando que algún lector piadoso las examine y se maraville con todo lo que pueden llegar a contener, y a cambio ellos le entregan otros muchos nuevos sentimientos. Tengo una forma de ver la vida que me han dado los libros que he leído, y no me arrepiento ni me avergüenzo de ello.

Y lo confieso, soy una persona que llora y ríe con los libros, que vive con ellos. Porque cuando no sé lo que hacer, imagino que soy el personaje de un libro, y trato de discernir cómo actuaría. Algo que, aún pareciendo increíble, puede resultar un auténtico faro en la tormenta. 
Y por eso y mucho más, lo confieso; soy una persona que adora su pequeño tesoro de cristal. 

Irene, 2017.

viernes, 11 de marzo de 2016

A ti

A ti, que miraste a mis defectos y dijiste que eran perfectos, que me abrazaste en lo más crudo del invierno. A ti, que me devolviste la sonrisa cuando sólo quería llorar y disipaste la niebla de mi mente. A ti, por ser quien eres, te regalo mis mejores días, mi sonrisa más cálida y mi beso más sincero.


Irene, 2016.

lunes, 21 de diciembre de 2015

La dama del arpa

Cuenta la leyenda que en un punto perdido en la inmensidad de un océano se asienta un pequeño islote. Visto desde la superficie, no parece tener nada extraordinario, tan solo es una roca desnuda que se alza ligeramente sobre las aguas.
Sin embargo, lo que le hace especial se encuentra bajo esta fachada, oculto en diversas grutas que serpentean en el interior de la rocosa torre que ancla el islote al lecho marino. Eran los Nymurièn, una antigua tribu cuya vida se desarrollaba durante la noche de forma sumergida. Su sociedad nunca se había visto contaminada por el mundo exterior, y quizá ello explique la utópica organización por la que se regían. Mas no todo era alegría en su micromundo. Tenían los Nymurièn unos enemigos ancestrales que habitaban en el fondo del océano, en una cueva excavada en los cimientos del islote. Los Varrun eran criaturas monstruosas que cada noche salían a cazar, siendo su alimento predilecto los Nymurièn.
Es aquí donde aparece en escena el ser a quien se debe esta leyenda. Su origen es incierto: en algunas de las historias, los marineros la describen como una nereida que sentía una gran simpatía por los habitantes del islote; en otras, es una de los propios Nymurièn que decidió sacrificarse por los suyos y salir a la superficie.
En lo que sí coinciden todas las historias es en la descripción de su maravillosa arpa. Estaba completamente hecha de oro, incluso las cuerdas era finas hebras doradas que despedían brillos de fuego al chocar en ellas los últimos rayos del sol. Cada noche, la dama se sentaba con su arpa y tocaba una melodía que ponía fin a las pesadillas de los Nymurièn. Su interpretación sumía a los Varrun en un profundo sueño gracias al cual nuestros míticos personajes podían moverse libremente sin temor a que la muerte cayera sobre ellos por sorpresa.
Así, cada noche desde que apareció la dama del arpa, los Nymurièn vivían tranquilos mientras los Varrun se hallaban inmersos en un profundo sueño que se veía alimentado por la música. Aquella paz duró algunos años, hasta el día del terremoto.
No fue una gran sacudida, los Nymurièn apenas lo notaron, pero sí fue suficiente para despertar a los Varrun de su letargo. La primera en darse cuenta fue la dama del arpa, que comenzó a tocar con más fuerza, y su melodía se volvió más agresiva. A los isleños les extrañó este cambio, pero no fueron conscientes del pulso que se había iniciado entre los monstruos y la dama hasta que amaneció y el arpa siguió sonando. Mientras la música continuara, los Varrun no despertarían por completo y los Nymurièn estarían a salvo.
Sin embargo, esta tarea requería un gran esfuerzo para la dama, que no podía dejar de tocar en ningún momento. Aunque las cuerdas levantaron la piel de sus dedos y sus manos acabaron teñidas de carmín, no cesó de acariciarlas en cinco días, sabedora de que el peso de la vida de los Nymurièn reposaba sobre sus hombros. Al sexto día, la fuerza de su interpretación se aminoró.
La consecuencia fue que los Nymurièn percibieron un movimiento en la cueva de los Varrun y, por primera vez en años, tuvieron que tomar las armas. Como es natural, no sabían utilizarlas. Nunca habían tenido necesidad de recurrir a ellas y solo quedaban unos pocos ancianos que recordaran los enfrentamientos con sus ancestrales enemigos. Esto supuso una desventaja para ellos a la hora de hacer frente a los Varrun que salieron de su guarida. Los años de hambre acumulada habían provocado en los monstruos una sed de sangre irrefrenable que les hacía atacar con una ferocidad desconocida. Por suerte, las entradas de las cuevas de los Nymurièn eran demasiado estrechas para que los Varrun pudieran pasar por ellas y pudieron refugiarse.
La dama estaba exhausta, pero no dejó de interpretar la melodía. Conforme avanzaban las horas, el número de notas discordantes aumentaba, seguido de una rápida rectificación de la intérprete y acarreando un asedio más agresivo para los habitantes encerrados en el interior del islote. El confinamiento comenzaba a hacer mella en su espíritu, tan acostumbrado a llevar una vida sosegada. Además, cada vez estaban más preocupados por la salud de la dama, quien se había convertido en una personalidad muy querida para ellos, hasta tal punto que algunos la adoraban y veneraban como diosa.
La noche del octavo día, la música paró.
Aquel silencio era nuevo para los Nymurièn, quienes se vieron dominados por el pánico. Más que el temor a los Varrun, lo que les sucedía era que se sentían incompletos sin aquella melodía en el ambiente. Tanto era así que, inconscientemente, unos pocos comenzaron a tararearla.
Mientras, la dama lloraba en la superficie del islote, creyendo que sus preciados amigos estaban siendo exterminados. Aunque no conociera el rostro de ninguno de ellos, el tiempo había creado un fuerte vínculo que los unía de manera inquebrantable. Lavó sus manos en el agua del océano y la sal escoció en sus heridas. El olor de la sangre fue un reclamo para los Varrun, tal y como ella pretendía. Había jurado dedicar su vida a proteger a los Nymurièn y, al no poder continuar tocando su arpa, pensó que al menos intentaría apartar a tantos monstruos de ellos como pudiera, aunque aquel acto le costara la vida.  Se sentó a esperar la muerte, y ya percibía cómo los Varrun se aproximaban cuando sucedió algo insólito.
Un coro de voces claras ascendió desde las profundidades interpretando la melodía del arpa. Los Nymurièn la habían escuchado durante tanto tiempo que eran capaces de reproducirla a la perfección. Al empezar a tararearla movidos por el pánico se habían percatado de que tenía efecto en los Varrun, que agitaban la cabeza en evidente señal de molestia y comenzaban a nadar aturdidos. Ver cómo ascendían a la caza de su dama fue todo lo que los habitantes del islote necesitaron para reaccionar.
Así fue como los Nymurièn vencieron a los Varrun y salvaron a la dama del arpa, cuyas manos sanaron con la asombrosa rapidez de los seres sobrenaturales y recluyó de nuevo a las temibles criaturas.

Cuenta la leyenda que de noche en alta mar, si se agudiza lo suficiente el oído, puede escucharse la melodía de un arpa acompañada de un coro de voces claras. 



Irene, 2015.

sábado, 10 de octubre de 2015

Reflectante


Me tiende una mano somnolienta que mis oscuros ojos no alcanzan a ver. En medio de la penumbra de mi alma su figura es vaporosa, onírica, lejana. 

"¿Quién eres?", pregunto. 

Nadie me responde, pues nadie hay. 

La figura parece flotar, como los pétalos que se desprenden perezosamente de las copas de los árboles. No alcanza mi vista a escrutar su rostro, hasta el punto de que casi se me antoja que no posee uno. Si es un hombre o una mujer tampoco puedo distinguirlo. Pero sus manos, extendidas como ramas, no cesan su invitación. 
"¡¿Quién eres?!" grito. 

Sólo el silencio me responde.

Echo a correr hacia la figura, ignorando las punzadas de dolor que aguijonean mi cuerpo agarrotado. Cuanto más cerca estoy más distante se me figura esa aparición fantasmagórica. Su mano trémula continúa, no obstante, extendida hacia mí. Apenas llego a rozar las yemas de sus dedos...
Despierto. 
Sólo ha sido mi reflejo en el espejo. 
Mi reflejo y nada más.


Anne Stokes©
Irene, 2015.

domingo, 7 de junio de 2015

La inmortalidad

¡Hola! Aquí os traigo un nuevo relato que se me ocurrió el otro día en el bus de camino a casa. No tenía lápiz y papel a mano, así que lo escribí en una nota del móvil. Supongo que podría decirse que la necesidad agudiza el ingenio, ¡jaja! 
Como de costumbre, espero que disfrutéis al leerlo tanto o más que yo al escribirlo. 
¡Un saludo!
Irene

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Nacieron más o menos a la vez. Mientras ella era colmada de regalos que todavía no comprendía,  a él lo rodeaban de lágrimas. Hubieron de pasar tres años antes de que se conocieran, pero ello no impidió que sintieran una curiosa atracción hacia su mutua compañía en el acto. Ella crecía a pasos de gigante, tornándose más hermosa con cada amanecer. Él se sentía pequeño y débil, sin que pasara un sólo día en el que no se admirara del porte de la joven, de su vitalidad,  de su alegría... deseaba poder moverse como ella, pero todo lo que podía hacer era observarla en silencio. A la muchacha no le importaba en absoluto, jugaba con él a pesar de ello y a veces lo acariciaba y le susurraba que algún día se haría grande y fuerte, que sólo debía tener paciencia. Aquellas palabras, pronunciadas con el cuidado de una promesa, eran todo cuanto necesitaba para seguir adelante día tras día.
Pasaron algunos años en los que las obligaciones de ella le impidieron acudir a visitarlo, mas la distancia hizo el reencuentro más emocionante. Ella se había convertido en una hermosa mujer y él, tal y como su amiga le había prometido, había crecido sano y fuerte. Ya no se sentía insignificante,  sino majestuoso. Orgulloso, mostró su nuevo aspecto ante la muchacha, que emocionada lo abrazó.  Él deseó poseer unos brazos con los que devolverle aquel abrazo, pero la naturaleza no había tenido a bien dárselos. Tampoco importaba, su amiga podía sentir su gratitud aun sin ello.
De nuevo pasaron años sin que ninguno supiera del otro más que los sueños que compartían por las noches. Sin embargo, por muy ardua que fuera la espera, él sabía que volverían a encontrarse; y así fue. La edad ya había arado el rostro de su amiga y algunos hilos de plata recorrían sus cabellos, pero a él le pareció que seguía tan hermosa como siempre. Ella lloraba amargas lágrimas de despedida. De esta forma fue como él supo que iba a morir. La noche anterior un rayo había herido su cabeza y, aunque a sus ojos no tuviera mayor importancia, presentía que sólo era cuestión de tiempo que para los demás sí la tuviera. Como despedida, la mujer se llevó algo suyo, haciendo que su destino ya no le pareciera tan triste ahora que sabía que su semilla viviría para siempre junto a ella.


Por eso, cuando los leñadores llegaron al día siguiente, el árbol que había visto crecer a la hija del duque los recibió sin pesar en el corazón. La semilla que ella plantó aún sigue creciendo en los jardines del palacio, sin que nadie recuerde la tierna historia que la acompaña.


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Nota final de la autora:
Si habéis llegado leyendo hasta aquí, muchas gracias.
El título no me acaba de convencer, pero tras darle muchas vueltas, no se me ocurría ninguno que no resultara "spoileador". Elegí La inmortalidad como referencia a que el cariño que la hija del duque sentía por aquel árbol seguirá viviendo a través de la semilla que con tanto afán plantó en el jardín de su palacio. Hay historias que nunca mueren, aunque ya nadie pueda recordarlas. 
Una vez más, muchas gracias por leerme. ¡Nos vemos en el siguiente relato!



Irene, 2015

Transparent Teal Star